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No
es para quitarle mérito a la primera exhibición pública de cine
en la Argentina que ya cumplió cien años, pero suenen trompetas,
que se prepare el cotillón: hace ya cuarenta y cinco años que se
realizó la primera emisión televisiva. Fue aquel 17 de octubre
de l951 cuando las imágenes de el General Perón y de Evita fluyeron
por los aún escasos televisores porteños. La gente se apiñaba en
las vidrieras de los pocos negocios que ostentaban esa maravillosa
novedad de la electrónica. Una minúscula pantalla surgía de
muebles más parecidos a radios o a los famosos combinados que al actual aparato. Apenas 300 hogares poseían televisores. Nadie
suponía que se iba a convertir en el altar doméstico por excelencia
y que la realidad se mediría por pulgadas. Los cincuenta aparecen
en perspectiva histórica y desde el punto de vista estético como
formalmente modernos, aerodinámicos, el mundo de los Supersónicos.
En lo que respecta a los contenidos, sin embargo, es una década
intensamente reaccionaria y conservadora. Esto está muy bien representado
por las películas de Doris Day. Ese mismo contraste se aplica perfectamente
a las primeras emisiones de nuestro Canal 7, que fue estatal
desde su inicio y cuya antena funcionaba por el entonces novísimo
Ministerio de Obras Públicas. En un noticioso época peronista,
uno de los locutores oficiales, el futuro galán Eduardo Rudy, exaltaba
este fabuloso invento, mientras las imágenes mostraban una sala
de teatro repleta con un público ávido, señores de sobretodo y mujeres
de riguroso sombrero, ante un televisor ubicado en el escenario.
De su pantalla se apreciaban las imágenes de un concierto de piano.
La idea fundadora de la televisión en nuestro país tuvo una doble
vertiente, por un lado ser un instrumento eficaz de la educación
del soberano. Estar al servicio de la cultura consagrada: la ópera,
el ballet, los conciertos, en fin, la qualité y en ese aspecto
no difería de otras colegas contemporáneas, por ejemplo la BBC de
Londres. La otra vertiente era su utilización como valiosa herramienta
de propaganda política, que no desplazó a los noticieros cinematográficos,
pero que fue muy bien manejada por la cúpula peronista alrededor
de sus fastos en la Plaza de Mayo. Durante las décadas anteriores
la televisión experimental había representado el trabajo y los desvelos
de técnicos e inventores. Una lucha sin cuartel entre la televisión
mecánica y la que luego triunfaría, la televisión electrónica que
involucró a ingleses, norteamericanos, rusos y japoneses y que desembocó
en una guerra de patentes y marcas. La televisión se constituyó
así en el tambor tribal del siglo XX de la Aldea Global, vinculándose
más a un lenguaje cargado de virtualidad que a las artes mecánicas
del siglo XIX como la fotografía y el cine. La explotación pública
de la tele durante los años 50 estuvo, en nuestro país, en manos
de políticos y hombres de radio. A fines de los 50 y comienzos de
los 60, la televisión pasa del registro a la reinvención de la realidad
por la cámara. La televisión de la realidad pasa a ser la realidad
de la televisión, el rayo catódico triunfa en su alquimia e impone
su formato. Lo clásico y lo pop, los golpes de estado y los amores
imposibles ocurren en bloques que dan paso a las tandas. Se van
imponiendo los spots comerciales, el programa ómnibus, el noticiero
y el teleteatro, creando una nueva necesidad: la grabación el tape.
Los pioneros de esa proto-televisión jamás imaginaron que allí estaba
el punto de inflexión que desafiaría al templo de la gran sala cinematográfica
a la industria del cine con sus numerosos equipos técnicos y la
infraestructura de los grandes estudios. Que no solo se podría ver
cine en casa, deteniendo la escena mas apasionante de nuestra película
adorada, sino que algún día en esas pequeñas pantallas que se encienden
en cada hogar se albergaría productos realizados fuera de
la factoría, sustituyendo los pesados equipos y los inmóviles códigos
de fabricación. Un pequeño instrumento fácil de manipular irrumpió
en la escena audiovisual, se trataba de la máquina de mirar operable como un pincel o un lápiz, potencial recurso de expresión
personalizada, el vivo y el directo pudo ser almacenado hasta en
un orden no analógico. Era la transformación de la visión a distancia
hecha por otros, la TELEVISIÓN al VIDEO yo veo, pero esa es
una relación de tragedia griega con un hijo que amenaza de muerte
a su madre en forma recurrente, pero eso, esa es otra historia
on line...
Graciela
Taquini |
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