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Diagramas del presente es una experiencia que surge de la convergencia
de mis anteriores búsquedas pictóricas con el estudio de
la teoría de Ichinen sanzen, la cual afirma que todo instante está
cargado de tres mil oportunidades que varían constantemente según
se combinan los factores de la vida de cada persona y su entorno. Verificar
esta teoría en la práctica modificó el concepto que
tenía del acto de dibujar. Tanto en el aspecto morfológico
como en el modo de ejecutarlos, estos dibujos traducen mi percepción
acerca del instante como unidad mínima de tiempo; del desplazamiento
de la materia en el tiempo, el devenir; del pasaje del universo de un
instante al otro, la transitoriedad. Diagramas del presente son ejercicios
para ver en la oscuridad, para la intuición. Representan la voluntad
de estar atento en cada instante y de establecer una relación armónica
con el despliegue universal de la vida.
En el punto donde comienzo la primera línea del dibujo, convergen
una concatenación de causas y efectos de mi pasado. Ese primer
trazo es el efecto de mi decisión de empezar y es al mismo tiempo
causa que se materializa sobre el papel. Lo que sigue tras esa primera
línea es un nuevo encadenamiento de causas y efectos, ahora sujeto
a la lógica de las formas que se producen al desplazarme sobre
el papel. El resultado es un gráfico o diagrama de mi estado de
vida, que se manifiesta en las decisiones sobre el modo de avanzar con
la línea en cada instante, en cada milímetro, sobre el plano
básico. Así como una línea es una sucesión
de puntos, una vida es una sucesión de instantes.
Electrocardiograma, electroencefalograma, sismograma, detector de mentiras,
diagramas de flujo, de lo invisible.
Mi
vida en un instante es una tela que empecé a pintar hace
siete años. Es una visión de mi vida en su totalidad (como
si superpusiéramos los fotogramas de un film y viéramos
toda la película a través de un solo cuadro). Es el pasado
agolpándose en el presente a través de una escena dominada
por el absurdo y la locura. Ese es mi estado de infierno, lo contrario
de comprender. Es también, claro está, una deuda más
con El Bosco.
Recientemente trasladé esa imagen de la tela a la pantalla, y al
pasar del átomo al píxel mi capacidad operativa se multiplicó
por miles, millones de veces. En esta nueva dimensión puedo elegir
instantáneamente entre dieciocho millones de colores; puedo mover
bloques complejos de formas de un lugar a otro del cuadro sin necesidad
de tapar o borrar; puedo hacer y deshacer, duplicar, aplicar capas independientes
una de otras, así como usar la opción historial y eliminar
no una, sino varias acciones a la vez.
En esta dimensión, el antes y el después (la irreversibilidad
de la ley de causa y efecto) se han modificado, y la pregunta que surge
-tomando la teoría de los “tres mil aspectos presentes en
cada instante de vida“- es: ¿hay más de tres mil posibilidades
en el instante virtual? O, por el contrario, el impresionante mundo virtual,
con su potencial para las variaciones (variaciones y no posibilidades)
es sólo una de las tres mil oportunidades presentes?
La velocidad operativa entre la visualización y la modificación
de lo que la mente proyecta dentro de la pantalla, los saltos que le posibilitan
a la imaginación la ingravidez del píxel, la abrumadora
cantidad de opciones al alcance del click, para que luego “desaparezcan“
de inmediato sin dejar huellas, le permiten a la mente almacenar un caudal
de datos -de simulaciones, que es lo propio de lo virtual- nunca antes
experimentado por la inteligencia humana. En este contexto, las causas
y los efectos se graban en la mente y no en la materia (como por ejemplo
en la tela, que se malogra cuando se insiste en repintar una zona del
cuadro). La capacidad para transformar que desarrollamos en la vida real
se debilita con la opción deshacer. La dimensión digital
no es una herramienta más, instaura un modo bien diferente de estar
en el mundo.
Mi vida en un instante es el resultado de la articulación
de dos encadenamientos de causas y efectos diferentes, dos velocidades:
la del átomo y la del píxel. Representa al mismo tiempo
dos momentos de mi vida: el antes y el después de comprender que
el único bien que en realidad poseo es este instante de vida.
Emilio Torti 20/7/04
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