Un blog sobre el arte de las palabras
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Paz divina, algo que escribí en la universidad

Tengo el alma de rodillas, Sr. Cura.
Siento tanto lo que pasó. Lo que aquel sentimiento me obligó a hacer…
Perdóneme. Lo necesito, los videos porno.
Usted sabe cómo soy: buena gente, amigo de mis amigos, buen feligrés, un padre de familia respetable.
Me estoy rompiendo por dentro, necesito que me diga algo. Jamás hubiera querido que esa chiquilla sufriera. Pero cuando me di cuenta, ya estaba rota, tirada a mis pies. Parecía una muñeca. Tan bonita y ya sin vida.
Yo la besé, Sr. Cura, porque necesitaba cariño.
Lo leí en sus ojos y, bien sabe Dios, que soy incapaz de negar un beso a quien lo necesita. Después…unos segundos, y una eternidad llena de paz divina ante sus pupilas ya escarchadas.
Había demasiada sangre.
Perdóneme. Dígale a nuestro señor que necesito su misericordia.
Sé que si usted intercede, me lo dará. No sabía que el amor pudiera matar. Fue él quien a través de mis manos le robó la vida y le clavó el cuchillo directamente en el corazón para que no sufriera más. En ese corazón vacío de caricias y consuelo. En ese pecho solitario.
No pensé que amar sin límite me llevara al castigo eterno, Sr. .
Tengo miedo. Pero no puedo llorar. Usted no me entenderá, pero dentro de mi, siento ese calor reconfortante de haber hecho un acto de entrega.
Yo le di mis manos, mi esencia. ¿Existe una mayor muestra de amor que esa?
No, no me arrepiento de haberla querido como nadie antes lo había hecho. Sé que hice bien. Mi corazón me lo dice y también mi alma. Esa que ya no quiere estar de rodillas.
Volvería a hacerlo. Volvería a quererla, a besarla, a matarla, sólo porque sintiera por una vez en su minúscula vida lo que es el amor auténtico.
Y ahora puedo ver que usted empieza a entenderlo…tiene sus mismos ojos, esa mirada apagada, hueca, sin cariño.
No tenga miedo, Sr. Cura, yo le puedo dar todo lo que necesita. Tengo mucho dentro.
No dejaré que muera así, sin sentir este dulce y templado sentimiento

petalos

Pétalos escritos, uno de esos versos para enamorar

I

Ya se ha abierto el rosal
de frescas rosas rotas
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de pétalos escritos.

En un instante
adquieren las palabras el aroma
que emana de unos versos ya leídos.

Una higuera, que avisa cada otoño
que nada queda siempre,
me derrama su sombra y me da abrigo.

II

Riego el rosal con lágrimas marinas
llovidas de unas nubes de impotencia.

Mientras, mis manos lloradas remueven
el lento ayer que todo lo sustenta,
abonando con sal y pensamientos,
preparándolo así para la siembra.

Siembro simientes de espinas y espero
versos del viento que todo lo envera.

III

Volverán a llevarse las oscuras
golondrinas aquellos versos muertos
tan de espinas heridos.
Aquellos brotes yermos que sostienen
primaveras calladas de palabras,
puntales soleados que alumbran mi camino
entre densos eriales, donde mueren
los momentos que acunan y sostienen
la gloria de poemas ya vencidos.

IV

Pétalos y hojas caen en lacinias
dibujadas con trozos de mi tiempo.

Las detengo en el aire un leve instante
izando tensos trazos de momentos.

Aparecen sonrisas pretendidas
que asombradas te muestran qué estás siendo.